El problema del aborto
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No creo que nadie, creyente o no creyente, pueda abordar sin grandes tensiones éticas o morales el tema del aborto. Cuando una mujer, sobre todo adolescente, se encuentra ante el drama de tener que abortar, independientemente del carácter de sus motivaciones, enfrenta la realidad de este drama.
En el seno del mundo religioso, no hay unanimidad sobre cuando comienza la vida humana y lo mismo podría decirse, en gran medida, en el llamado mundo de la ciencia. Tanto en el uno como el otro, el tema es en esencia una cuestión de valor, de ética y por tanto de creencia y cuando de eso se trata, nadie tiene derecho de imponer su creencia o su convicción a otra persona o una comunidad de personas.
En tal sentido, el tema del aborto es de estricta incumbencia de la mujer que se sitúa ante la coyuntura de practicarlo o no. Nadie, creyente o no creyente, niega el aserto de que ningún ser humano expresa plenamente su condición de tal si se le priva de la libertad de elegir lo que realmente valora útil o apropiado y de su estricta incumbencia.
Una Constitución es un proyecto de sociedad, en la cual debe consagrarse la libertad de cada quien expresar y vivir de acuerdo a sus creencias en los ámbitos de la religión y de la ideología, por lo cual, consignar principios que sólo lo son para una parte pretendiendo que lo asuma el todo es una arbitrariedad propia de la época del oscurantismo medieval.
Cuando el Presidente de la República envía un proyecto de Constitución con un preámbulo que dice que el legislador “invoca a Dios” y con artículo, el 30, redactado con una concepción religiosa sobre la vida que ni Santo Tomás aceptaba como válida, está haciendo a todo el mundo vinculante a una idea que sólo lo es para una parte.
